Después
de un día largo y caótico suelo pasear por el centro histórico de la Ciudad de
Puebla para terminar la noche de una manera agradable. Me resulta demasiado
poético rondar sola por calles cuya atracción primera son edificios de la época
colonial, viene demasiado a mi mente cuando observo ventanas enormes y bellos
faroles adornando el entorno, es un buen momento para pensar.
Era una cálida noche de Junio, corría el 2015 y había pasado tanto a lo largo del año; podría decir que en ese entonces buscaba algún alivio para ciertas frustraciones, fue por ello que recordé un agradable lugar, cuya función (según yo) era reconfortar el espíritu.
En ese momento me encontraba en la calle 4 norte, únicamente caminé un par de cuadras y ya estaba yo allí, en el Gusano de Oro, la cantina más poética, cálida y amigable de la Tierra. No imagino algún otro sitio de esa naturaleza para subir el ánimo, todo es perfecto ahí.
Al entrar es posible percibir un aroma a baño de hombres, eso no se discute, pero pese a ello, uno se siente en casa. Pinceladas de un azul pálido adornan las paredes y la existencia de dos barras hacen de este lugar algo más interesante. Es curioso que el baño de mujeres sea un baño perfectamente limpio y con un aroma muy bonito, hasta la fecha esto no deja de intrigarme.
Aquella noche se escuchaba en la rockolla a unos metros de la entrada “perfume de gardenias” y sin dudarlo ingresé, dos señores en la barra principal, un grupo de amigos en una de las mesas y esquina más escondida un señor cuyo aspecto proyectaba unos 70 años, mínimo. Inspeccioné de un vistazo el lugar y decidí sentarme a su lado.
Le pedí un ginebra a Don Ramón el encargado de la segunda barra, giré y miré a mi alrededor; todo lucía de una manera tan particular, puesto que es un sitio en donde lo que se respira es poesía y no pretensión o a ver quién está mejor vestido. En ese momento parecía que todos eran amigos allí, incluso los solitarios parecían tan alegres, con excepción de uno, el sujeto que estaba a mi lado.
Lo miré y le dije:
–Uno no puede estar así de alegre cuando suena “perfume de gardenias” ¿no?
A lo que respondió – así es y menos cuando no está tu pareja contigo
– Ciertamente, ni pareja ni baile
– Baile sí puede haber, mira…
Acto seguido le pidió a una señora sentada junto a Don Ramón que bailase con él y ella gustosa, aceptó. Ambos bailaban de tal manera que me transportaron a otra dimensión, a otro tiempo.
–Ya veo que baile sí hay, pese a que no exista exactamente amor de por medio
– baile sí, amor no, o quién sabe, bailar y recordar siempre es emotivo
– Le agradezco la muestra
– no es nada… uno no debe dejar de disfrutar a pesar de todo, no lo olvides
– No lo olvido.
Terminó su trago, se despidió de mí y se marchó. Así son las cosas, así es la gente mayor, te muestra que nada se termina hasta que se termina, que todo sigue y que la vida es poesía. Yo también después de un rato, terminé un trago más y me fui. Aquel hombre me hizo mirar distinto, me mostró tanto esa noche, en un lapso tan corto, con un simple baile y un par de palabras, pero entre ellas, nunca me dijo quién era, desearía haberle preguntado su nombre.
Y es así como el grandioso y ponderado Gusano de Oro logró impulsarme a olvidar minucias y recordar lo verdaderamente importante. Esa es una de la infinidad de facultades que tiene este lugar, así como la infinidad de historias que han ocurrido en él y que sería muy enriquecedor narrar; pero para ello, ya habrá otro momento.
Era una cálida noche de Junio, corría el 2015 y había pasado tanto a lo largo del año; podría decir que en ese entonces buscaba algún alivio para ciertas frustraciones, fue por ello que recordé un agradable lugar, cuya función (según yo) era reconfortar el espíritu.
En ese momento me encontraba en la calle 4 norte, únicamente caminé un par de cuadras y ya estaba yo allí, en el Gusano de Oro, la cantina más poética, cálida y amigable de la Tierra. No imagino algún otro sitio de esa naturaleza para subir el ánimo, todo es perfecto ahí.
Al entrar es posible percibir un aroma a baño de hombres, eso no se discute, pero pese a ello, uno se siente en casa. Pinceladas de un azul pálido adornan las paredes y la existencia de dos barras hacen de este lugar algo más interesante. Es curioso que el baño de mujeres sea un baño perfectamente limpio y con un aroma muy bonito, hasta la fecha esto no deja de intrigarme.
Aquella noche se escuchaba en la rockolla a unos metros de la entrada “perfume de gardenias” y sin dudarlo ingresé, dos señores en la barra principal, un grupo de amigos en una de las mesas y esquina más escondida un señor cuyo aspecto proyectaba unos 70 años, mínimo. Inspeccioné de un vistazo el lugar y decidí sentarme a su lado.
Le pedí un ginebra a Don Ramón el encargado de la segunda barra, giré y miré a mi alrededor; todo lucía de una manera tan particular, puesto que es un sitio en donde lo que se respira es poesía y no pretensión o a ver quién está mejor vestido. En ese momento parecía que todos eran amigos allí, incluso los solitarios parecían tan alegres, con excepción de uno, el sujeto que estaba a mi lado.
Lo miré y le dije:
–Uno no puede estar así de alegre cuando suena “perfume de gardenias” ¿no?
A lo que respondió – así es y menos cuando no está tu pareja contigo
– Ciertamente, ni pareja ni baile
– Baile sí puede haber, mira…
Acto seguido le pidió a una señora sentada junto a Don Ramón que bailase con él y ella gustosa, aceptó. Ambos bailaban de tal manera que me transportaron a otra dimensión, a otro tiempo.
–Ya veo que baile sí hay, pese a que no exista exactamente amor de por medio
– baile sí, amor no, o quién sabe, bailar y recordar siempre es emotivo
– Le agradezco la muestra
– no es nada… uno no debe dejar de disfrutar a pesar de todo, no lo olvides
– No lo olvido.
Terminó su trago, se despidió de mí y se marchó. Así son las cosas, así es la gente mayor, te muestra que nada se termina hasta que se termina, que todo sigue y que la vida es poesía. Yo también después de un rato, terminé un trago más y me fui. Aquel hombre me hizo mirar distinto, me mostró tanto esa noche, en un lapso tan corto, con un simple baile y un par de palabras, pero entre ellas, nunca me dijo quién era, desearía haberle preguntado su nombre.
Y es así como el grandioso y ponderado Gusano de Oro logró impulsarme a olvidar minucias y recordar lo verdaderamente importante. Esa es una de la infinidad de facultades que tiene este lugar, así como la infinidad de historias que han ocurrido en él y que sería muy enriquecedor narrar; pero para ello, ya habrá otro momento.
