Siendo las 20:06 del
día jueves 15 de septiembre, todos esperaban ansiosos en la parada del Complejo
Universitario de la BUAP el autobús que los llevaría al lugar donde festejarían
el grito de independencia. La atmósfera
era un tanto cálida, a pesar de lo nublado del día, porque vamos, ¿quién no se
emociona en estas fechas?, hay mucha comida. Cuando finalmente llegó el autobús de la
ruta 33, ocho de las diez personas que estábamos ahí subimos, extrañamente estaba
vacío.
Mientras recorría de
manera apresurada la vía Atlixcáyotl, sonaba cielito lindo, había banderitas de papel pegadas en las ventanas, parecía que todo y todos formaban parte de una patriótica
conspiración. Una vez llegando al centro comercial Angelópolis, se bajaron dos personas y subieron seis más, dos de
ellas tenían pintada una bandera en los cachetes, realmente se respiraba un
aire mexicano.
Una vez que el bus se
paró en las Torres y la 11 Sur, se hizo más presente la noche, el mercado Independencia ubicado allí, daba
sus últimos servicios, la calle lentamente se vaciaba, luces y fuegos artificiales
aparecían de vez en cuando. Ya todos se estaban reuniendo con amigos o
familiares, ya era hora de dirigirse al lugar del encuentro mexicano.
En el camión algunas
personas reían, era un grupo de amigos que bromeaban, era un ambiente ameno,
calles más adelante se subió un payaso y comenzó un show cuya temática era
desde luego, sobre la Independencia de México, muy original y tedioso a la vez,
pero de alguna manera tenía que ganarse la vida.
A pesar de ser 15 de
Septiembre y que el entorno fuera de festejo, fijé la mirada en un solo
personaje, se encontraba sentada en el asiento de delante, justo detrás del
conductor; era una señora de unos setenta y tantos que miraba a hacia la
ventana con nostalgia. Siempre me he preguntado qué pasa por la mente de las
personas mientras van en el transporte público; será porque yo reflexiono demasiado
en ese particular lapso del día. Fue entonces que recordé a un viejo amigo, y
literalmente, viejo, pero de alma joven, Don Ángel, un alfarero del Barrio de
la Luz, quien perdió a su esposa precisamente un 16 de Septiembre. Vino a mi
mente porque nunca sé qué es lo que pasa por su cabeza en estas fechas, no me
lo imagino, ni quisiera.
Así fue como presté más
atención a aquella señora, más de la que suelo prestar a alguien, al menos en
el transporte. Tenía un rebozo negro y tenis, un atuendo nada usual para
personas de esa edad, pero a decir verdad, me gustó, lucía diferente; aunque no
podían faltar sus trenzas, sus blancas trenzas.
Durante todo el camino
no apartó la mirada de la ventana, subía y baja gente, se fue el payaso, el
grupo de amigos, llegaron otros más y ella no se movía, hubiera jurado que
iríamos al mismo sitio. Una vez más me pregunté acerca de lo que pasaría por su
mente: ¿tendría hijos?, ¿qué haría esa noche?, ¿por qué tanta tristeza en su
mirar?, ¿estaba sola? Miles de preguntas me asaltaron mientras se continuaba
percibiendo fiesta por todos lados.
Al llegar a las 14 Sur y la 107, ella reaccionó y como si hubiese despertado de un trance, con voz sumamente baja, le dijo al conductor: en la parada por favor. Bajó de tal manera que por un momento la atmósfera tan viva se apagó, o al menos para mí, dolía mirarla, desprendía melancolía con cada paso. Yo la veía desde el último asiento, cuando finalmente bajó, la seguí con la mirada desde la ventana, el bus no avanzaba, pude notar cómo desaparecía junto con el sol, parecía de película. Entonces no supe más, ella y su misteriosa historia desaparecieron.
Permanecí todo el
camino pensando en ella y en lo que haría esa noche, tanta tristeza no era normal
en ese día y aunque alguien la tuviera, no la externaría de tal forma.
Finalmente llegué a casa, no había nadie, no había comida, ni fiesta. Temí que
la señora estuviese en las mismas condiciones que yo, tal vez por eso captó mi
atención, quizá me sentía igual que ella, tal vez ella era un casi reflejo de mí
y es por eso la vi.

