El año del 68 significó rebelión juvenil, los jóvenes del mundo entero alzaban la voz, tenían mucho qué decir a los gobiernos, a la sociedad. En Estados Unidos, en Ankara, en Berlín, en Varsovia, en Río de Janeiro, en Tokio, en Madrid, en Praga, en Francia, hubo luchas estudiantiles, pero ninguna resultó tan funesta como la mexicana, la masacre del 2 de octubre en la Plaza de las Tres Culturas.
La
situación era crítica, ante el gobierno del presidente Gustavo Díaz Ordaz, el
país manifestaba su inconformidad, lo cual representaba un peligro, las
olimpiadas estaban próximas. Por primera vez, los Juegos Olímpicos se llevarían
a cabo en un país de Tercer Mundo. En la ciudad de México, la fachada olímpica
se levantó en menos de un año; estadios, Villa
Olímpica, conjuntos deportivos y hasta una innovación: la Olimpíada
Cultural para mostrar las riquezas espirituales de México. Tras la construcción
de los edificios que alojarían a los deportistas, se escondía la miseria, la
gente sin zapatos, sin alimentarse, la jerarquización de una sociedad develaba
la crueldad de un gobierno dispuesto siempre a aparentar.
El gobierno del PRI intentaba
demostrarle al mundo que México era un país modelo, que el futuro de América
Latina se encontraba en nuestro progreso y nuestra estabilidad. Sin embargo eso
no interesaba a otros sectores sociales, pues entre las manifestaciones se
escuchaba constantemente: ¡No queremos
Olimpiadas, queremos revolución!
La
tarde del 2 de Octubre de 1968, en el mitin de lo que sería una reunión ante
sucesos recientes, se tratarían cuatro puntos centrales: un informe y análisis
de la situación política del momento a cargo de Florencio López Osuna; un
informe de la solidaridad internacional y su importancia a cargo de Pepe
González Sierra; las brigadas y sus tareas por David Vega, y las perspectivas y
el anuncio de la huelga de hambre por Eduardo Valle Espinoza. El mitin tuvo
espíritu de celebración, puesto que después de dos semanas, la angustia y la
incertidumbre producidas por la represión, empezaban a disminuir, y de nuevo había
esperanzas de libertad en el futuro. En aquella reunión se comprobaría la
fortaleza, ahí se haría el recuerdo de los que faltaban y dolorosamente les
habían abandonado.
Era
un mitin como cualquier otro, estaba por terminar la intervención de Vega, compañero
de Ingeniería Textil del IPN, cuando se notaron movimientos de tropas. Por el
lado de la Vocacional 7, desde la
calle de San Juan de Letrán, a través de las ruinas y en dirección a la
explanada, se acercaban los soldados. En ese momento sobrevolaban el lugar dos
helicópteros militares. En las tarimas habían notado a numerosos individuos
sospechosos que cubrían todas las entradas al edificio Chihuahua, así como las escaleras y pasillos. Algunos llevaban un
pañuelo enrollado o un guante blanco en la mano derecha. Eran las 18:10 horas
cuando se notó que avanzaban las tropas sobre la multitud.
Después
de que un helicóptero lanzara una bengala, comenzaron los disparos hacia los
estudiantes que llenaban el lugar, también dispararon sus armas los integrantes
de la brigada blanca que vestían de
civiles, pero que usaban guantes blancos para distinguirse. En esta trágica
tarde fueron disparados 15 mil proyectiles, hubo 300 muertos, además de 700 heridos y 5000
estudiante detenidos, para ello participaron aproximadamente 8000 mil cuerpos
del ejecito, 300 tanques y equipo de blindaje y ametralladoras. Participaron
más de diez mil soldados y policías en la masacre.
Desde los primeros segundos
y durante más de dos horas se disparaban simultáneamente cientos de armas de
todos calibres. La plaza se despejaba rápidamente, los soldados tenían
controladas todas las entradas y obligaban a la gente a retirarse, en algunos
casos, persiguiéndolas con disparos y a punta de bayoneta, en otros, se les
amontonó expuestos a las balas, formando otros grupos de detenidos.
En unos
cuantos minutos la explanada estuvo totalmente vacía y únicamente se percibían
decenas de muertos, heridos y soldados. Todos los lugares de acceso y la misma
plaza estaban en manos del Ejército, que además tenía completamente cercada la
unidad. Además un cordón de granaderos y policías protegían las calles cercanas
y desviaban el tráfico de vehículos y personas. Apoyando
las acciones de la tropa intervinieron inmediatamente carros de asalto, tanques
ligeros y camiones de transporte, bloqueando las salidas y ocupando posiciones
dentro de la unidad, incluso en la propia explanada de la plaza colocaron
varios tanques. Las ambulancias de la Cruz Verde también
estuvieron rígidamente coordinadas y controladas.
La
versión oficial se emitió antes de que los disparos terminaran de escucharse en
Tlatelolco. El jefe de prensa de la Presidencia, Fernando M. Garza, habló a
periodistas de una “provocación estudiantil que había terminado en tiroteo”.
Díaz Ordaz se aferró en todas sus intervenciones al argumento de que los
estudiantes habían disparado al ejército y que éste, que tenía órdenes de
defenderse, respondió a la provocación. El general García Barragán, ministro de
la Defensa, añadió diciendo que se había tratado de “guerrilleros que
provocaron al Ejército”. Meses más tarde, en los juicios a los dirigentes estudiantiles
capturados la versión se elaboraría un poco más, apoyándose en declaraciones de
infiltrados como Sócrates y Ajax Segura, señalando que se habría tomado la
decisión de crear cinco columnas armadas y que éstas actuaron en Tlatelolco.
La
Secretaría de la Defensa declaró que había recibido una petición de apoyo de la
policía (40 minutos antes de que se produjeran los disparos); la policía
aseguró que no había pedido la intervención de nadie y los judiciales se
limitaron a declarar que los disparos habían surgido del edificio Chihuahua y que ellos habían respondido.
Los argumentos nunca fueron nada claros respecto a dicho suceso. Desde
entonces, el gobierno ha permanecido en silencio ante él.
A
partir de esa fecha, los mexicanos reflexionaron, se dieron cuenta de que se
vivía un miedo latente y cotidiano. Sabían de la miseria, de la corrupción, de
la mentira, de que el honor se compra, pero no sabían que el gobierno era capaz
de dar la orden de disparar sobre una multitud y de perseguirla. Allí se
encuentra el piso manchado de sangre en Tlatelolco, los zapatos perdidos de la
gente que escapaba, las fachadas de los edificios perforadas por ráfagas de
ametralladora, las familias de luto y miles de mexicanos humillados por un
castigo innecesario. Este es un caso muy puntual de impunidad gubernamental en el
país, de la crueldad de sus actos ante eventos de “mayor relevancia”. Este es
uno de tantos casos, en los que México fue abatido y silenciado por roedores.





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